MI RANCHITO

Por Gerardo Aristizábal Aristizábal.

 

Solo por el título cuántas cosas estarán pasando por su mente, pero bájele a la imaginación y a la nostalgia y sitúese en la plaza de Pensilvania en el costado Norte en donde se encontraba el busto de padre Amador Ramírez que, dicho sea de paso, desapareció hace mucho tiempo como la estatua de Bolívar, la fuente del parque , el Kiosco de la retreta los Domingos y un árbol gigante que había al frente de la alcaldía en donde se amarraban los bueyes y las mulas los Sábados en el mercado y las puertas giratorias  de madera del parque para impedir el acceso de animales. Detrás del busto quedaba el Café Mi Ranchito propiedad de Antonio Aristizábal padre de varios hijos ilustres de Pensilvania que por eso los apodaron con el mismo nombre.

Nadie se olvida del Bar Italia, pero creo que Mi Ranchito también merece una semblanza porque fueron varios los momentos que en el vivimos y que forman parte del baúl de los recuerdos que aquí me propongo rescatar.

Cuando ya nos sentíamos grandecitos como para entrar a un café, cosa que tomaba su tiempo y podíamos armar el grupo para tomar un tinto como la gente grande, la invitación era:” vamos a Mi Ranchito “. Cada uno llevaba los cinco centavos que costaba cada pocillo. Nos atendía Don Antonio, un Señor en el sentido estricto de la palabra, un hombre alto y de sonrisa amable, que iniciaba el servicio con poner la azucarera antes de preguntarnos que queríamos y por supuesto no era mas de tinto para nuestra capacidad económica. Mientras llegaban los tintos se aprovechaba para consumir el azúcar hasta el fondo, claro estábamos en la edad en que el consumo de glucosa no tiene límite. Al llegar la bandeja con los tintos la azucarera estaba vacía y al pedirle a Don Antonio que nos trajera azúcar él decía “raro si la traje llena” y nosotros a una decíamos, mírela está vacía. Una nueva azucarera llena, apenas era suficiente para llenar los pocillos hasta la mitad, lo que era más azúcar con tinto que tinto con azúcar.

Ya más grandes, en algunas oportunidades que no muchas, alguien invitaba a una cerveza, cerveza que se pedía en dos o tres vasos según el número del grupo y que habitualmente cada uno de los asistentes repetía el pedido. Los recursos eran tan pocos que no alcanzaba para invitar y pocos se atrevían a tomarse una cerveza solos además de lo aburrido que resultaba. En ese mismo sitio se armaban unas bebetas, de recordar las de los reservistas cuando eran convocados y debían partir en el camión del ejército que los llevaría al batallón correspondiente. A veces terminaban en peleas con puños, reguero de botellas, desorden generalizado que algunos celebraban como si se estuviera en fiesta Recuerdo alguien que ya está en el cielo lanzándoles una de las sillas para completar la barahúnda. Hasta lágrimas y gran tristeza manifestaban los que partían, muy especialmente los que dejaban sus novias.

No hay que olvidar que si alguien llegaba antes de las ceremonias religiosas de la iglesia podía no encontrar donde sentarse porque un buen número de parroquianos pedían prestado los asientos para llevarlos a la iglesia con el compromiso de devolverlos una vez se acabara el oficio. No se perdían porque tenían en la parte de atrás dibujado un ranchito.

Es seguro que muchos tendrán recuerdos de ese sitio que bien la pena conocerlos.