LA CULTURA REGRESA A LA PLAZA PRINCIPAL

Por: Silvio Aristizábal Giraldo
Antropólogo

La remodelación de la Casa de la Cultura en Pensilvania constituye una excelente noticia. Su reinauguración debe aprovecharse para hacer un merecido reconocimiento a la labor de Miguel Angel Aristizábal, fundador de la institución y trabajador incansable de la cultura, preocupado, como él mismo escribió, por dejarle “a los pensilvenses en históricos objetos y relatos emocionados lo que fueron nuestros antepasados”.

Un artículo publicado en La Patria, en octubre de 2008 (ver: http://www.pensilvania.org/index.php?option=com_content&task=view&id=304‎), señalaba el abandono en el que estaba la vieja casona que albergaba la biblioteca y el museo. En ocasiones anteriores hemos conocido debates en torno al uso que se le ha dado a este inmueble, pero hoy sabemos que la biblioteca goza de una sede adecuada. No sucede lo mismo con el museo, salvo algunas piezas que son exhibidas en el nuevo centro cultura. Hay objetos que han ido a parar a sitios diferentes del museo. No sabemos si con el visto bueno de las autoridades, las cuales están en la obligación de velar por el patrimonio cultural.

Seguramente las nuevas generaciones desconocen el origen de la Casa de la Cultura y el trabajo de su fundador. Conviene, por tanto recordar algunos de estos hechos:

Miguel Angel Aristizábal Carvajal comenzó en el decenio de 1950 a conformar un museo con el apoyo del doctor Berardo Quintero. El mismo Miguel Angel narra, que para llevar a cabo su propósito, coleccionó “Cristos negros curtidos por el hollín, retablos desechados por sus dueños, recogidos con amor por este insensato imbécil, que se enamoró de los carrieles viejos y las monedas de otros mundos” (Un pueblo de históricas costumbres. Bogotá: Impronta, 1983).

Poco a poco Miguel Angel contagió de su entusiasmo a muchas personas, obteniendo su colaboración mediante la donación de diferentes objetos que tenían un valor sentimental para cada familia. Al mismo tiempo, organizaba la biblioteca y buscaba persuadir a las autoridades municipales sobre la importancia del museo para fortalecer la identidad y el sentido de pertenencia de la población. Su constancia pudo más que la indiferencia de los gobernantes: el municipio creó la Casa de la Cultura, adquirió y adecuó la sede, y lo nombró a él como director, cargo que desempeñó por cerca de 30 años.

Trabajador incansable, dedicó mucho tiempo a la investigación histórica, consultando archivos en la administración municipal, en las distintas oficinas gubernamentales y en la parroquia. Aprovechaba cuanta oportunidad tenía para entrevistar a diferentes personas y conocer sus versiones de los diferentes hechos y de la historia de cada tronco familiar. Como resultado de sus indagaciones publicó tres tomos de la obra titulada Un Pueblo de Históricas Costumbres. Los dos primeros, contienen relatos cronológicos de la historia política, civil y religiosa de Pensilvania. El tercero presenta las genealogías de la mayoría de las familias del municipio.

Aunque desconocía la rigurosidad de las metodologías de investigación histórica, hay un punto en la obra de Miguel Angel que llama la atención y es el valor que le concedía en sus indagaciones a la tradición oral. Su obra – escribió – “es el fruto de muchos años de recorrer las calles, interrogando ancianos apoyados en sus báculos, visitando enfermos en sus lechos de despedida de sus últimos días”. Este aspecto es aún más significativo si se tiene en cuenta que para la época, los historiadores consideraban como única fuente válida de la historia los documentos escritos.

En 1983, próximo a cumplir los 70 años, en una nota autobiográfica de su primer libro, afirmaba Miguel Angel: “Muy pronto esto habrá terminado, y quisiera estar en mi rinconcito amado [la Casa de la Cultura] convertido en esquelética figura…”. Falleció en 1991 y le sucedió en la dirección de la institución José Félix Alarcón, quien desempeñó el cargo durante varios años.

En buena hora la cultura va a retomar un espacio que había perdido en la plaza principal de la población. Desde estas páginas quiero hacer un llamado a todos los pensilvenses para que unidos solicitemos al Concejo y a la Administración municipal que se le dé el nombre de don Miguel Angel Aristizábal Carvajal a la Casa de la Cultura de Pensilvania, como un reconocimiento a la labor intelectual y cívica de su fundador, quien legó a los pensilvenses un sitio para conservar su memoria histórica.

La Casa de la Cultura es parte del patrimonio cultural de los pensilvenses y como tal nos pertenece a todos.