AYER Y HOY DE LOS NATILLA

Por Fabio Arango (Natilla)
Foto: Cindy Cardona Ospina
Hoy, 17 de octubre (2022), apoltronado en mi cómodo sillón de cuerina negra, en donde el crepitante costal de huesos de mi cuerpo tiene frecuentes momentos de reposo, y en donde mi memoria discurre por entre difusos pasajes de una vida que acaso fue la mía alguna vez, acomodado, digo, abro la *tablet* que ahora me reconcilia tangencialmente con la informática, y entro ladinamente a las rumorosas calles de mi pueblo del alma, Pensilvania, y las encuentro atiborradas de gente, jubilosas de músicas y gritos, ornadas con inusitadas galas de fiesta y carnaval. Y me entero, entonces, que por estas calendas el pueblerio todo  sacude su proverbial rutina de trabajo y estudio, de oración y recogimiento. Son las Fiestas del Hacha, imaginadas para honrar la gesta colonizadora que tuvo en esa herramienta primigenia su mejor aliado.
Estoy en el Desfile de las Comparsas mejor ubicado que cualquiera de los asistentes carnales porque con los ubicuos ojos de las cámaras señoreo por todo el magnífico desfile, solazándome con su esplendor multicolor, con la variopinta  y multiforme presentación de las comparsas, con la algarabía polifónica de las bandas y los grupos musicales y, si que también con la sensualidad y la prístina belleza de las mujeres de mi pueblo. Y ahora sí entiendo por qué Pensilvania no se quedó en el rezago de los pueblos olvidados de Dios sino que alardea de sus dotes de gran ciudad en donde la cultura, el emprendimiento, la armonía y la jovialidad de sus gentes jalonan cada día realidades maravillosas.
Pero a esto no fue a lo que vine. Vine a ver a los propios míos, a los de mi entorno más entrañable, a mis queridos sobrinos y a la pléyade  de herederos de la marca Natilla. Y desde mi poltrona veo cómo se fue desgranando la mazorca generacional , cómo se fue multiplicando la estirpe en magníficos opimos  rebrotes, a cual más fértil y prometedor. Muchachas y muchachos, (manes de la vicepresidenta), que mostraron hoy en este desfile de qué están hechos, del limo de la tierra natal, de la fuerza genital de los abuelos, de la luz y el calor que les alienta y anima, del amor ardoroso y creador, del sentido de pertenencia a la tierra madre, de la fe secular y la plegaria  sanadora, del gusto por la vida y el aguerrido coraje para vivirla y disfrutarla.

Y entonces, me repantigo en mi poltrona, lleno de un orgullo clamoroso, de un glorioso envanecimiento, y doy gracias a la vida, tal vez también al cielo, por esta familia que me dio como bendición y cobijo, por esta multitud de gentes buenas y emprendedoras y maravillosas, y gozonas también, que me honran con su afecto y alientan con su fuerza las horas crepusculares de mi perra vida.